Como un ladrón
la inspiración te asalta a altas horas de la madrugada;
lo revuelve todo por dentro, y se vuelve a ir.La palabra de todas las mujeres que he conocido,
ha sido la única con la capacidad suficiente como para engancharme.Me he vuelto una adicta.
Soy adicta a unir palabras y a formar oraciones que aparentemente carecen de sentido.
Soy adicta a llorarles, a refugiarme en ellas.
Siempre acudo corriendo a las palabras, como un niño al que le han roto su juguete favorito
y pide consuelo en los brazos de su madre.Me siento a salvo,
me siento en casa.Si me equivoco, me perdonan.
Si las olvido, me recuerdan.
Creo que,
aunque no quieran decírmelo,
ellas también están enamoradas de mí.Les gusta cómo las miro.
Y por primera vez,
siendo reciprocidad;
de verdad, me siento querida.Ellas me hablan y me escuchan,
me miran
pero no me juzgan.Juegan al escondite conmigo y siempre me dejan ganar.
Quieren besarme, lo sé.
Yo no puedo hacer nada,
aquí todo el mundo me dice que la distancia me quiere más que ellas.La distancia se siente sola,
por eso se interpone en todas las grandes historias.Y es guapa,
la muy cabrona pero no para tanto.No está a la altura.
Aunque me hiciera malabares,
aunque me bailara el agua y me prendiera el fuego.No se compara.
Las palabras tienen alma,
son elegantes,
vibrantes,
en ocasiones arrogantes,
sobrias,
magestuosas.Sí es cierto que el viento se las lleva,
y la distancia no,
la distancia se queda.Supongo que la única opción que me queda entonces es amar al viento,
o a mí misma.Pero para eso último ya llego tarde,
llevo acosándome con el viento desde que no me siento suficiente.Y él sí,
él sabe amarme como los artistas aman a las Musas,
como yo no sé amarme
y como llevo tóda la vida intentándolo: despacio, con muy buena letra y con vehemencia.Y esta última línea la escribo para hacerle el amor a las palabras,
sólo para amar(las),
amor.
Otras cosas curiosas
Tú:
Pero te viertes despacio
derramas con tu paso
nostalgia y entusiasmo.
Derramas esencia a sorbos
dejándome con ganas de sumergirme, pero me quitas la sed.
Te hablan las musarañas
y derramas sigiloso aliento gélido contra mis párpados.
Escuchas el eco de un tiempo lejano
en el que fuiste el ser que no volverá
y eras el que tornaste ahora hogar.
Te escuchan las musas temblar,
se turnan por hacerte bailar.
Cada una quiere su canción,
yo me escribo la mía propia con los resquicios de las palabras que olvidaste en el cajón.
De plata y oro
no pasas por el control de seguridad de los aeropuertos
ni por aduanas,
demasiado exceso de carisma,
demasiada falta de equipaje.
Les hablarás,
sé que les hablarás de mí,
cuando la brujería deje de hacerte efecto
y tengas que pedir prestada algo de magia.
Les hablaré,
les hablaré de ti,
cuando recupere la voz que un día perdí en mí,
cuando me cuentes que a tus demonios los ahuyentaste a base de dedicarles poemas.
Y me los recites.
Y me de cuenta de que la procesión va en tus ojos,
cuando me proceses divinidades y me sepas libre de prejuicios,
libre de obscenidades
y terquedades.
Y con ganas de quedarte, te sepas.
Me gustas:
Lo siento.
Gracias.
Por hacerme sentir.
Por dejarte llevar.
Lástima que cayeras en unas manos tan frías y poco experimentadas.
Unas manos que te querían y te empujaban hacia la perdición sin posibilidad alguna de redención.
…
No, jámas te mentí.
Jamás vi algo tan real.
Y no imagino otras manos rozando mi piel u otros labios besándome.
…
Huueles bien.
¿Cómo haces para saber todo lo que sabes?
¿Por qué te quedaste?, ¿Me aceptarías de vuelta?
No me excuso, vengo con las manos vacías de coartadas superficiales y decadentes.
…
Me gusta cómo te ríes entre dientes. Y tus manos.
Me gusta que sean tan humana y prudente.
Me gustan tus virtudes y tu término medio.
Me gustan tus extremos. Me gusta tu sátira.
Tu ateísmo irreverente.
Tu análisis incansable de la gente.
…
Tu cuestionamiento de lo incuestionable.
03:50 AM
Hastío:
No tengo nada.
Todo lo que me queda es el recuerdo
que muy bien guardé y amortajé bajo llave en aquel lonjevo cajón
por si algún día lo necesitaba como rehén.
Ya no sé a qué o a quién atribuir esta pena,
este dolor que se extiende y enrreda como una plaga sin fin a mi alrededor,
que busca un lugar dónde centrarse para tomar de una vez el control
y que a su paso va dejando este hedor tan característico que posee la muerte.
Me purga de todo bien y todo mal que antes yo tuviera,
atraviesa la piel y la abrasa,
ramifica en los pulmones y me deja sin aire.
Respira.
El sentimiento de no sentir nada quema;
y acto seguido se congela.
Yo procuro ocultar la dicha que me producía la desdicha
pero desde que ya no me miran los semáforos al cruzar,
ni me silvan las aceras al pasar
he empezado a pensar que hasta en mi provincia se me considera extranjera.
Bien es cierto que no recuerdo sus calles,
no recuerdo la noche en que mis manos asomaban desde mis rodillas hasta el alba
y todo se relantizaba;
mientras mi corazón, terco, se desvocaba.
Lo reprendí por iluso y conspiró contra mí,
me dijo que nunca más.
No quiso entrar en razón
y yo, aquella noche anoté en mi calendario
otra
desilusión.
Ahora cuento los minutos,
escucho la música que me abstraía
y oriento el vacío hacia el vacío
porque he pensado que quizás precipitándose consiga sentir por lo menos, frío.
Hablo de mi hastío,
de no tenerlo.
Me doy el pésame por mi muerte prematura
como si me sorprendiera que tras toda una vida como mártir al final gozara de redención alguna.
Me he hundido en mis lagunas mentales,
y de esta ya no hay quien me salve.
Hastío:
No tengo nada.
Todo lo que me queda es el recuerdo
que muy bien guardé y amortajé bajo llave en aquel lonjevo cajón
por si algún día lo necesitaba como rehén.
Ya no sé a qué o a quién atribuir esta pena,
este dolor que se extiende y enrreda como una plaga sin fin a mi alrededor,
que busca un lugar dónde centrarse para tomar de una vez el control
y que a su paso va dejando este hedor tan característico que posee la muerte.
Me purga de todo bien y todo mal que antes yo tuviera,
atraviesa la piel y la abrasa,
ramifica en los pulmones y me deja sin aire.
Respira.
El sentimiento de no sentir nada quema;
y acto seguido se congela.
Yo procuro ocultar la dicha que me producía la desdicha
pero desde que ya no me miran los semáforos al cruzar,
ni me silvan las aceras al pasar
he empezado a pensar que hasta en mi provincia se me considera extranjera.
Bien es cierto que no recuerdo sus calles,
no recuerdo la noche en que mis manos asomaban desde mis rodillas hasta el alba
y todo se relantizaba;
mientras mi corazón, terco, se desvocaba.
Lo reprendí por iluso y conspiró contra mí,
me dijo que nunca más.
No quiso entrar en razón
y yo, aquella noche anoté en mi calendario
otra
desilusión.
Ahora cuento los minutos,
escucho la música que me abstraía
y oriento el vacío hacia el vacío
porque he pensado que quizás precipitándose consiga sentir por lo menos, frío.
Hablo de mi hastío,
de no tenerlo.
Me doy el pésame por mi muerte prematura
como si me sorprendiera que tras toda una vida como mártir al final gozara de redención alguna.
Me he hundido en mis lagunas mentales,
y de esta ya no hay quien me salve.
Sirenita:
«Vaya pregunta.
¿Que dónde me gustaría morir?
La muerte solía asustarme,
hasta que entendí que es algo contra lo que no se puede luchar.
Bien,
si debo aceptar el hecho de que algún día dejaré de estar viva—que no es lo mismo que vivir—,
me gustaría morir en el lugar donde puedo ser yo.
En el lugar
donde pierdo la noción del tiempo,
el frío,
y el miedo.
Me gustaría morir donde soy libre.
En el mar.
Pensarás que estoy loca, pero cuando estoy en el mar es como si entrara en sintonía,
como si todo mi ser viniera a verme solo para acariciarme la mejilla y preguntarme si soy feliz.
Es como si todo lo que soy encontrara por fin su camino de vuelta a mí
y me prometiera quedarse a quererme.
Y llega un instante, en el que no recuerdo si llevo flotando horas, días o meses.
Un instante en el que mi piel se deteriora por el roce con la sal y la presión de las olas.
En el que mi cuerpo deja de existir y solo quedo yo, hablándole al agua, contándole mis penas.
Desde que conozco el mar,
no he sido capaz de encontrar otra sensación que encaje tan a la perfección con la definición misma de la libertad. ¿Y tú?
¿Sabes? De pequeña también solía asustarme el mar.
Supongo que las cosas a las que no sé darles una explicación, me asustan.
Las cosas que no puedo controlar.
Ahora, más que miedo; lo que siento es admiración.
¿Sabías que el 71% de la superficie terrestre es océano y que el 95% de éste está sin explorar?
¿No te resulta fascinante la cantidad de especies distintas que puede haber ahí abajo de las que no tenemos ni la más remota idea?
La cantidad de secretos que alberga.
Es abrumador.
Ese halo de misterio, combinado con la libertad que respiro cuando me sumerjo
en sus aguas es lo que hace al océano el acaparador de todas mis emociones.»
Para cuando hubo terminado de hablar, ya era demasiado tarde: me había enamorado de ella.
Me había enamorado del mar que me hizo imaginar.
Me había enamorado de su libertad.
Carta suicida de mi yo de 10 años.
Estando aquí.
En el borde.
Me aferro a la vida.
Buscando un motivo para quedarme.
Estoy siendo egoísta, ¿verdad?
Creer que alguien se molestaría en detenerme.
“Me siento bien, mama. Me siento tan bien.”
Digo en voz alta.
“Es agradable saber que me encuentro en el comienzo del fin.”
Estando aquí sentada, me doy cuenta de que ahora estoy tranquila.
……………….
No seré una carga para nadie nunca mas.
No lastimare a nadie nunca mas.
Tampoco seré lastimada.
No mas.
……………….
Debo admitir que me aterra un poco saber que es lo que hay después de esta vida.
Pero me aferro a la idea de que ahí no sentiré mas dolor.
Porque ya no quiero sentir dolor.
Entonces esta bien, ¿verdad?
Todo va a estar bien…
“Me gustas tanto tanto que tu encanto me ciega a ratos no sé cómo se las ingenia mi cabeza porque te acomoda dones donde no te caben virtudes donde no las tienes y los defectos que te pienso se hacen un leve bruma cuando me llamas y se borran cuando vienes me gustas tanto tanto que a veces hasta las penas me resultan un placentero sofá en el que me siento a escribirte y a retratarte en planes que tal vez no te interesen por la noche cuando me canso de esperarte me digo ¿Qué caso tiene soportar todo esto? Y me juro a mí mismo que será la última vez que me permito que me hagas un desaire pero de pronto me buscas y tu voz me acurruca en las migajas de un consuelo que le debe mucho a la esperanza pero es que me gustas tanto tanto que tu encanto me ciega a ratos me enmudece y para que no molestes cobardemente me callo me quedo sordo a los consejos de los que dicen que no me convienes de las que dicen que no me quieres y la lógica me dice que todo es un juego Pero ¿Qué lógica tiene el enamorado? me gustas tanto tanto que tu encanto me deja ciego a cada rato”
—
(via bohemiofilosofico)
Me dolió más el rasguño que me hiciste en el alma que el que me dejaste en el corazón.
